Las agujas bien torcidas, el
frío hasta los huesos, y una luz
oscura que no sabe bien como
alumbrar. 11:45 en la puerta del
sol, las suelas rozan el adoquín, y
el ruido que les sale se eleva en el
aire hasta empezarse a perder.
La vida en dos maletas, un
boleto de una vía, dos latas de
atún sardimar, una botellita de
salsa Lizano, y las bolsas del
pantalón llenas con ganas de
volver a comenzar.
Volver a comenzar.
Volver a
pensar. Re-aprender, y re-iniciar.
Pensar en la arquitectura como
una respuesta directa a su entorno,
implica despojarla de caprichos,
sacarle de adentro el ego,
y llegar a verla en total y honesta
simplicidad. A decir verdad, la
maestría en Medio Ambiente y
Arquitectura Bioclimática no
debe entenderse como una especialización,
en su lugar, más bien
como una nueva (aunque quizá la más antigua) interpretación de
nuestra profesión.
2:30 en el intercambiador de
Moncloa. Otra vez me equivoqué de estación… La nieve me empapa
los zapatos, y hasta pareciera
quererse meter. Mi atención se
queda guindando en cada cara,
en cada esquina, en cada sonido
y en cada expresión. Cuando
todo frente a tus ojos es nuevo, se
hace difícil distinguir el asombro
de la impresión.
Desnuda de soberbia, la arquitectura
puede volver a la razón.
Puede darle espacio a la lógica y re-encontrar, de forma casi natural,
el sentido que le dio nombre
y le dio color. Cada decisión,
cada paso, y cada propuesta,
todos escalones, obvios pero casi
invisibles, en la escalera hacia la
sinceridad.
Cuando el sitio elegido habla
con el territorio, cuando la forma
juega con el sol, cuando la piel
escucha al viento, y la cubierta
estira los brazos esperando a la
lluvia… entonces. Entonces sí.
3:55, escuela técnica superior
de arquitectura, Universidad
Politécnica de Madrid,
aula 0G6. Las sombras desde la
ventana le van ganando espacios
a la luz, las miradas se revisan
unas a otras intentando callar
más de lo que pueden, y leer más
de lo que ven.
Las manos todavía pálidas
del frío, pero la sangre hasta
los dedos, ya no le queda más
cuerpo adonde correr. El sol se
esconde aún temprano (como en
casa), pero en lugar de colores, el
atardecer se va en silencio, en un
tono gris claro que solo sabe irse
sin saberse despedir. La noche es
casi día, y el cielo se enmudece
entre las luces de la ciudad, no
alcanzo a ver ni una sola estrella.
Debe ser que aquí no hay…
La energía como un material
de construcción. El diseño en torno
a ésta: su captación, su almacenamiento,
su distribución. Lo
bioclimático no viene en nave
espacial, no trae sonidos sintetizados
ni luces de neón.
Una línea de visión consecuente
con la realidad de un lugar,
su clima, sus recursos limitados,
y el impacto que con cada raya
del lápiz podemos provocar. No
hablo de una moda, ni de un “estilo” circunstancial. Hablo de
una responsabilidad humana, de
una actitud profesional, de abrir
los ojos, y con algo de espanto,
darse cuenta de cómo se ve la
foto cuando la bola de nieve deja
de girar.
9:35 pm. “Proxima estación:
intercambiador de Príncipe Pío,
correspondencia con línea 10, y
ramal Ópera – Príncipe Pío”
Bufandas bien amarradas,
guantes de colores balanceándose
por la estación, mis párpados
buscan el suelo mientras mis
ojos buscan el autobús # 62.“… debajo del puente del río hay un
mundo de gente, abajo. En el río.
En el puente”.
De la arena a la madera, y de
la piedra al metal. De la pala a
la batidora, y del concreto al
cristal. La energía va saltando
los peldaños, va transformando
lo que somos, y lo que es nuestro
lugar. Desde iluminar los edificios,
hasta inundar la ciudad,
esa que llamamos vida no sería
la que conocemos sin el recurso
de la energía y las posibilidades
que nos dá.
Entonces cae el péndulo, y
no puedo dejar de cuestionar: 1
bombillo? 1 carro? 1 aire acondicionado?...
insignificante! Es
solo lo normal… y 10.000.000 de
bombillos?, 1.000.000 de carros?
100.000 aires acondicionados?
lo normal??
La divina providencia ya no
puede salir a jugar, aunque la tierra
gira en círculos, bien se sabe
que toda línea recta llega algún
día a un final. No hay alegato de
ignorancia al que se pueda recurrir,
las cosas están como están y
hay cambios que simplemente no
pueden esperar más.
Paseo Virgen del Puerto,
número 49. Se va quedando
en silencio la ciudad, el viento
frío de la calle me mira por la
ventana, un poco rencoroso por
no poder entrar. La emoción
se mezcla con el cansancio en
un estado difícil de describir,
empiezan a sonar acordes en mi
cabeza… “yo me bajo en atocha.
Yo me quedo en Madrid”. |