Saltar al contenido principal
Iniciar la búsqueda
 
 


Carlos González


Carlos González

Carlos González Alvarado entró a trabajar al Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC) por una de esas casualidades que definen el rumbo de la vida: un amigo le pidió que lo acompañara a Cartago a solicitar trabajo en la institución y la persona que entregaba los formularios en el Edificio Pirie se lo dio también a él. Lo llenó por no hacer un desaire y al final llamaron a Carlos y no a su amigo. Eso fue en 1976, cuando en el TEC pagaban 4 100 colones y en la Universidad de Costa Rica, donde estudiaba y trabajaba González, “solo” 3 600 colones.

De eso hace 30 años. En ese lapso Carlos González fue profesor de matemáticas en la División de Ciencias; profesor de matemáticas del Departamento de Computación Administrativa (hoy Escuela de Ingeniería en Computación); director de la misma Escuela; impulsor y primer coordinador de la maestría regional en Computación; miembro del Consejo de Investigación y Extensión; miembro de la Junta de la Editorial Tecnológica; vicerrector de Docencia y candidato a Rector. Y en ese mismo período también sacó la maestría y el doctorado en la Universidad de París y el postdoctorado en la Universidad de Niza.

Hoy, a punto de dejar la institución porque se acogió a la jubilación, cuenta que no se desligará del todo porque ha sido nombrado profesor ad-honorem, algo que para él tiene un inmenso valor pues ha dedicado su vida a la enseñanza y al estudio.

Infancia difícil

Carlos González, que nació en Río Grande de Atenas, procede de una familia de campesinos. Su padre, un hombre inteligente e inquieto, tuvo que dejar la escuela muy temprano y se convirtió en autodidacta. Se dedicó al comercio y eso llevó a la familia por distintos puntos del país, incluyendo Golfito, Cartago y varios lugares de San José.

Cuenta Carlos que a inicios de los años cincuentas, se era rico o se era pobre; su familia alquilaba casa, los alquileres eran sumamente altos y la ley de inquilinato muy injusta. Eso los obligó a cambiar de casa constantemente. Como a los cinco años llegó a vivir a Cartago, cerca del Hospital Max Peralta y ahí se convirtió en el mandadero de los enfermos: por una ventana le daban plata y le pedían que les comprara distintas cosas en la pulpería. Para esta época, su padre trabajaba en Cachí en los proyectos del ICE.

Siempre fue un niño estudioso y durante todos sus años de escuela sacó 100 corrido, excepto en tercer grado donde una maestra sustituta en la Escuela Claudio González Rucavado le puso un 90, lo que él no olvida porque “le ensució la nota”.

Por entonces su padre, asiduo lector de periódicos, se enteró por la prensa de que estaban abriendo un nuevo colegio, el Liceo Franco Costarricense, que escogería a los estudiantes solo por sus buenas notas. Le sugirió a Carlos que intentara entrar y este lo dudó por “la mala nota” que le habían puesto en tercer grado.

Sin embargo, él solo -porque era muy autónomo- fue a hacer los trámites y logró que lo admitieran en el Franco y hasta que le dieran una beca para poder estudiar; la beca, de la cual disfrutó durante todos sus años de secundaria, incluía la exención de pago y la dotación de libros. Después de un curso intensivo de francés en la Alianza Francesa en 1967, entró en 1968 a la que sería la primera promoción del nuevo colegio.

Conciencia social

Los profesores del Liceo Franco Costarricense eran franceses, con una excelente formación y muy comprometidos socialmente. Y eso fue lo que infundieron a sus alumnos: una profunda conciencia social, de la cual Carlos González hace gala hasta el día de hoy; no en vano siempre está dispuesto a ayudar en las buenas causas sin esperar nada a cambio. Recuerda que tenía una compañera más pobre que él, que carecía de una pizarra que usaban todos los estudiantes; entonces tomó la suya, la partió en dos y le ofreció la mitad.

Durante el primer año, y por venir de un hogar humilde, Carlos se sintió fuertemente marginado en el colegio; pero pronto el grupo se fue uniendo y en tercer año, a los 15 años de edad, fue elegido presidente del Gobierno Estudiantil. En esa posición le tocó liderar la protesta contra ALCOA; el director cerró los portones de la Casa de los Leones, en el Paseo Colón, donde entonces estaba el colegio, pero un chiquillo se brincó la baranda y detrás de él se fueron todos. Eran los tiempos de la guerra de Vietnam, las protestas de los estudiantes en París, los hippies…

En esta época Carlos también practicaba el atletismo y llegó a ganar una carrera intercolegial de 100 metros planos. Con humor comenta que ahora nadie creería que fue un atleta.

Las matemáticas

A punto de salir del colegio le ocurrió otra de las cosas que cambian el rumbo de la vida. Estaba decidido a estudiar medicina, pero llegó al colegio el director de la Escuela de Matemática de la UCR; de pelo largo, desgreñado y medio hippie, el profesor y las matemáticas lo conquistaron. Salió muy bien en el examen de ubicación de matemática de la UCR y entró a estudiar matemática pura. Cuenta que las amigas le ponían cara de tristeza a su madre cuando esta les contaba que su hijo estudiaba matemáticas.

Para el segundo año de universidad ya estaba dando clases; su primer salario fue de dos mil colones y lo gastó todo en dos regalos para su madre pues estaban estrenando casa: un reloj y una pintura.

Fue en el último año de su carrera cuando llegó a trabajar al TEC. Empezó como profesor de matemática en la División de Ciencias, donde tenía que dar dos cursos de 10 horas semanales a los estudiantes de Computación, entre ellos, Carlos Araya, Mario Daniel Ramírez, Edwin Aguilar y Vinicio Zúñiga, estudiantes muy buenos a quienes veía todos los días. Hasta llegó a impartirles un seminario gratis de métodos numéricos.

Estudios de posgrado

Fue entonces cuando Alberto Cañas, director de Computación, lo invitó a pasarse a esa escuela. Allí, al tiempo que daba matemáticas, empezó a llevar los cursos de computación junto a sus alumnos y se reconoció a sí mismo los cursos de matemáticas que había llevado en la UCR. Cuenta, entre risas, cómo se vio obligado a responderse a sí mismo un memorando para reconocerse los cursos de matemática de la carrera. Era el año 76 y la carrera de computación se impartía por primera vez en Costa Rica.

En 1978 sacó la licenciatura en matemáticas y empezó la maestría en el mismo campo, pero no llegó a hacer la tesis porque en ese momento el director del Liceo Franco Costarricense le avisó que había una beca para estudios de posgrado en Francia. Beatriz Zolezzi, entonces directora de Computación, lo apoyó, y se fue a la Universidad de París a hacer el doctorado. Lo más importante de esto fue que el profesor que lo aceptó, Maurice Nivat, es un científico de gran renombre y miembro de la Academia de Ciencias de Francia. Pero de esto Carlos se enteró hasta que llegó allá.

A fines de 1982 terminó la maestría en informática y a fines del 84 el doctorado. Para este último, las matemáticas le fueron muy útiles como herramienta teórica y su trabajo de investigación versó sobre la conceptualización, mediante lenguajes, de los problemas del control de la concurrencia en bases de datos. Ganó con ello la mención “très honorable”, máxima distinción que se puede lograr en estos casos.

Cuenta Carlos que al finalizar sus estudios, y ya sin dinero, tenía que dejar un sobre en la oficina de registro de la Universidad; así lo hizo, sin saber que el sobre debía ser de cartulina, para que le enviaran el título por correo. Como él dejó un sobre de papel, el título le llegó a Costa Rica todo arrugado.

En 1990 volvería a Francia, esta vez al Centro de Investigación en Computación de la Universidad de Niza en Sophia Antipolis. Una beca del proyecto BID para posdoctorado le permitió ampliar sus capacidades como investigador. Señala como anécdota que había ocho becas para postdoctorado y solo dos personas se presentaron. El otro fuel Dr. Gabriel Macaya.

Maestría en Computación en el TEC

A fines de 1986, Carlos Araya, entonces director de Computación, y otros profesores de la Escuela, habían empezado a planear la maestría en computación. Una política de CONARE determinaba que solo debía haber una maestría en el país en cada tema, para evitar duplicaciones. La UCR no quería participar en forma conjunta con el TEC, así que la hicieron solos. A Carlos, como dice él, “le correspondió el honor” de montar el programa, al que le dio carácter regional. En 1986 abrieron la fase de nivelación y en 1987 arrancó formalmente el programa, con los mejores profesores que había: Rodolfo Calvo, Alberto Cañas, Dianelos Georgudis y el mismo Carlos González.

El programa atrajo a muchos profesionales de América Latina, entre ellos a Milton Villegas, colombiano y hoy profesor de la Escuela; también vinieron de Nicaragua, Honduras, El Salvador, Panamá y República Dominicana. Esto se fortaleció porque lograron el apoyo del DAAD, Servicio Alemán de Intercambio Académico, que otorgó becas a muchos estudiantes.

Años después la UCR y la UNA crearon sus propias maestrías, pidieron el aval de la Escuela de Computación del TEC y Carlos González siempre apoyó su apertura porque consideraba que la competencia era buena.

Centro de Investigaciones en Computación (CIC)

La maestría en Computación fue creada en el contexto de un centro de investigaciones en computación, para lo cual el TEC logró el apoyo del primer gobierno de Óscar Arias, mediante el préstamo BID. El centro de investigación pudo contar con un total de 800 mil dólares para el equipamiento de sus laboratorios. Carlos González propuso instalar uno de estos laboratorios, en el campo de la agromática, en la Sede Regional San Carlos. Asimismo propuso, junto con varios compañeros, la creación de una maestría en agromática, pero no logró el apoyo de las autoridades del TEC. Sin embargo, sí logró que el BID diera los fondos para la construcción del edificio de lo que hoy es el CIC, los cuales inicialmente no estaban contemplados.

Carrera académica

A lo largo de su vida académica, Carlos González ha escrito más de 100 artículos científicos y de opinión y tres libros, y continúa escribiendo. Seis de esos artículos los publicó mientras hacía el postdoctorado y fueron publicados en revistas y congresos en Australia, India, Túnez, Francia, Camerún y Maryland, Estados Unidos. Esta experiencia –dice- le ayudó para su trabajo en el CIC.

También ha tenido oportunidad de hacer consultorías para organizaciones nacionales e internacionales como el BID, el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), la Fundación CAATEC y numerosas empresas privadas y ministerios. Ha sido profesor invitado en Cuba, México, Francia, Colombia, Panamá y Nicaragua.

Ahora, que inicia un nuevo proyecto de vida, no dejará el trabajo académico y mantendrá el nexo con el TEC.

Gozar la vida

Insaciable lector, Carlos se propuso –y lo logró- leer los 100 libros recomendados por el Comité Nóbel como los mejores de la historia de la humanidad. Y eso lo hizo antes de los 50 años, tal y como era su meta.

Este padre de tres hijas y un hijo, y ya abuelo, tiene otras aficiones: cuenta que después de vivir cinco años almorzando y cenando en un restaurante universitario francés, se convirtió en amante del vino. “No por arrogancia”, insiste, sino porque es parte de la cultura francesa. De hecho, se ha comprometido a impartir en el TEC un curso libre sobre el tema. Además, toma vino por prescripción médica: la Dra. Lilliana Harley así se lo recomendó, dice en forma jocosa.

Carlos González también gusta de la buena comida, pues afirma que su esposa es excelente cocinera; disfruta de la vida, de las buenas películas, la música clásica, el jazz y el blues. Y disfruta enormemente a sus hijos menores, Astrid de 13 años y Pablo de seis. Ambos dicen que estudiarán matemáticas. A Astrid le encanta la química y Pablo dice que quiere ser doctor en computación. Y Pablo lo explica con sencillez: “Cuando mi papá se haga muy viejito, alguien tendrá que sustituirlo".

Contáctenos
© Tecnológico de Costa Rica 2012