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Dora Flores


Investigadora Dora Flores

A Dora María Flores Mora le encantan el campo, los lugares abiertos y la naturaleza.  Es por ello que se decidió por la agronomía, carrera que estudió en la Universidad de Costa Rica (UCR) y que terminó en 1982.  En esa época, recuerda Dora, muchos jóvenes estudiaban agronomía, entre ellos una gran cantidad de mujeres.

Hizo el énfasis en fitotecnia y cuando ya estaba graduada como ingeniera, con todos los cursos y el trabajo de campo de su tesis de licenciatura terminados, el profesor de la Facultad de Agronomía, Ing.  Moisés Soto, le ofreció un puesto de trabajo en su finca de Cariari de Guápiles. 

Trabajo, estudios, experiencia

Dora tenía 22 años, pero a pesar de su juventud y falta de experiencia aceptó el reto y se fue a un lugar desconocido para ella, una finca bananera sin carretera, donde había que atravesar un puente a pie y hacer trasbordo al otro lado.  Su trabajo consistía en desarrollar un vivero de eucalipto, a fin de utilizar sus ramas para apuntalar las plantas de banano.

Esta experiencia la hizo valorar las cosas que tenía antes, pero también le permitió darse cuenta de que hay cientos de personas que viven de un modo distinto y, en muchos casos, en condiciones verdaderamente difíciles:  “mal comidos, mal dormidos, sin muchas esperanzas para ver cumplidos sus proyectos, si es que alguna vez pensaron en alguno”.

La hoy profesora e investigadora de la Escuela de Biología del Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC), recuerda que esta fue una época dura por la naturaleza propia del trabajo en una finca bananera.  Compartía una casita con otra compañera y visitaba a su familia una vez al mes.  Allí estuvo medio año.

Después Dora Flores comenzó a trabajar en el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE), en un puesto administrativo de asistente de la jefatura, en el Departamento de Producción Vegetal en Sistemas de Cultivo. Allí hacía informes y presupuestos, entre otras muchas tareas.  Paralelamente, inició la escritura de su tesis de licenciatura, sobre un hongo que ataca el frijol, llamado Thanatephorus cucumeris.

Presentó la tesis y siguió trabajando en el mismo departamento.  Su jefe, el Dr.  Carlos Burgos, le insistía en la importancia de hacer un posgrado.  A ella le interesaba el campo de las enfermedades de las plantas y así, en 1986, inició sus estudios de maestría en el Sistema de Posgrado del CATIE.  Esta circunstancia, cuenta Dora, la ligó más al trabajo de campo.

La experiencia fue muy positiva pues volvió a la vida de estudiante, con compañeros de toda Latinoamérica.  Además, tuvo la oportunidad de hacer la tesis con el Dr.  José Galindo -un colombiano experto en monilia del cacao- y de utilizar la microscopía electrónica, que era muy novedosa en ese momento.

Durante esta etapa se relacionó de nuevo con la UCR, pues allí buscó información sobre cómo hacer el análisis de su tesis con microscopía electrónica.  Esto coincidió con el inicio de un curso internacional en ese campo, patrocinado por la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional (JICA, por sus siglas en inglés), por lo que dejó el CATIE temporalmente para hacer el curso.  Esta experiencia también fue muy enriquecedora porque, entre otras cosas, le permitió terminar su estudio en cacao y, por tanto, su maestría.

Regresó al CATIE y allí se pasó a la Unidad de Biotecnología, donde se dedicó a trabajar en un proyecto en café, llamado Promecafé, financiado por AID/ROCAP.

La Ing.  Flores cuenta que esta fue otra experiencia muy positiva:  el jefe era un francés especialista en café y el proyecto le permitió desarrollarse en el campo biotecnológico.  Allí surgió otro curso de nivel internacional, que duró tres meses, y que le permitió completar sus conocimientos en biotecnología.

El proyecto era regional y la obligaba a viajar constantemente a Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala, donde se estaban creando en ese momento, como parte del proyecto, los laboratorios ligados a los institutos del café de cada país.  Su trabajo consistía en entrenar a los ingenieros en la multiplicación in vitro del café.

A modo de reflexión, Dora comenta que este proyecto fue muy diferente a los demás y “muy bonito”:  la experiencia y los conocimientos generados, así como el trabajo conjunto con personas de otros países le dejaron una marca que luego le serviría para aplicar en otros proyectos.

Dejó el CATIE en 1990 por razones familiares:  en 1990 se había casado con un cartago como ella, Erick Garro Martínez, además de que el proyecto Promecafé había finalizado.  Sin embargo, estuvo poco tiempo sin trabajo.  El Dr.  Carlos Ramírez, de la Facultad de Agronomía de la UCR, le solicitó hacer un estudio de microscopía electrónica en nódulos de Erytrina.

Allí estuvo dos años, que era el plazo del contrato y muy pronto la contactó la M.Sc.  Silvana Alvarenga, directora del Departamento de Biología del TEC, para que trabajara con ella en un proyecto importante de chayote, financiado por el Consejo Nacional para Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT).  Su primera contratación, en mayo de 1994, fue como asistente de medio tiempo, pagada por FundaTEC (Fundación del Instituto Tecnológico de Costa Rica).

La Ing.  Flores cuenta que aceptó porque le atraía el trabajo y pensaba que efectivamente podía contribuir al proyecto.  Además, porque admiraba en Silvana sus cualidades de trabajadora incansable, visionaria y comprometida con el Departamento.

En aquel momento, el laboratorio de biotecnología se ubicaba en lo que hoy es el Centro de Investigación en Integración Bosque-Industria (CIIBI), que está bastante alejado del centro del TEC, pero carecía de los equipos necesarios para preparar las soluciones básicas.  Esto obligaba a Dora a poner todas las botellas en una “palangana” y subir, a pie, hasta el Departamento de Química, donde preparaba las soluciones y volvía a bajar, siempre a pie.

Biotecnología

En esta época, cuenta Dora Flores, el TEC le estaba dando mucha importancia a la biotecnología, hasta entonces incipiente, y se había creado un grupo para que hiciera la propuesta de creación de un centro de investigación en biotecnología.  Esta comisión estaba formada por profesores e investigadores de distintas escuelas y departamentos, incluyendo la Sede Regional San Carlos. 

El pequeño laboratorio de chayote situado en el CIIBI se fue haciendo grande, al punto de que cuando había visitas en el TEC, el rector Arturo Jofré las llevaba a conocerlo.

Dora Flores cuenta que ella, en su empleo de asistente, hacía de todo:  era mensajera, conserje, asistente, atendía al Rector y a sus invitados, y escribía propuestas de investigación.  Hoy, con algo de nostalgia, reconoce que esta fue una etapa muy productiva en su vida y que la disfrutó mucho por la mística con que se trabajaba.  A pesar de estar contratada como asistente de medio tiempo, solía trabajar de las 8:00 am a las 8:00 pm.  Muchas veces, afirma, salió a las 12:00 de la noche, acompañada por su esposo, porque algún proyecto de investigación así lo exigía.

Muy pronto, el Departamento de Biología creó dos plazas docentes, una de las cuales fue para Dora Flores y la otra para la Dra.  Ana Abdelnour.

En ese momento comenzaron a trabajar juntas Silvana, Dora y Ana, en lo que fue otra época muy productiva para el Departamento de Biología.  Escribieron propuestas, proyectos para hacer crecer el laboratorio de chayote (el cual ampliaron con variedades de orquídeas, violetas y gloxinias), y ofrecieron cursos de cultivo de tejidos a personas de nivel técnico.  Luego vinieron más y más propuestas por parte de estas profesionales, a quienes se les unió Anabelle Muñoz.

Paralelamente, el grupo logró la creación del Centro de Investigación en Biotecnología (CIB), cuya primera coordinadora fue Dora Flores, nombrada directamente por el rector Jofré.  Posteriormente, el Consejo de Escuela la nombraría por dos años más.

Dora cuenta que este es el tipo de cosas “que se hacen por amor”:  por amor a las personas, por el trabajo que desarrolló Silvana Alvarenga y porque fue ella quien le abrió las puertas del TEC.

Como coordinadora del CIB, Dora contó con un asistente, el bachiller en agronomía Jaime Brenes, quien hoy es el director de la Escuela.  Él desarrolló un proyecto de investigación en mora que fue parte de su tesis de licenciatura en agronomía, con Ana Abdelnour como directora de tesis.

Mientras tanto, la elaboración de propuestas seguía aumentado y empezaron a cosechar resultados.  Con el apoyo del Ing.  Jafeth Vargas, entonces director de la Oficina de Ingeniería, y quien se identificó con el proyecto, lograron construir el edificio del CIB.

Al mismo tiempo, Silvana, Ana y Dora comenzaron a darle forma a la creación de una carrera de ingeniería en biotecnología.  La propuesta siguió los trámites necesarios hasta que finalmente fue aprobada por el Consejo Nacional de Rectores (CONARE).  Dora rescata de esta época que el grupo caminó siempre en la misma dirección, con ideas muy claras y sin poner obstáculos, con un gran amor por el desarrollo del Departamento y con una mística de trabajo como si fuera el primer día.

Así, en el año 1997 se abrió la carrera de Ingeniería en Biotecnología y el Departamento de Biología se convirtió en Escuela de Biología, a la cual se adscribió el CIB.  La carrera, por cierto, actualmente es considerada de calidad sobresaliente a escala nacional.  Dora Flores señala que en un inicio, y por haber sido pensada por profesionales del área vegetal, la carrera estuvo sesgada hacia ese campo.  Hoy, eso se ha subsanado mediante la creación de cursos electivos en las áreas de microbiología, medicina, química y control biológico, para satisfacer otras necesidades de los graduados.

Dora no empezó a ser docente sino hasta que llegó al TEC.  Cuenta que aunque la investigación la apasiona, la docencia cumple un papel muy importante en su vida.  Le gusta que los estudiantes disfruten sus lecciones, que aprendan, que no lleguen tristes ni temerosos.  Siempre ha sido muy bien calificada en sus cursos y muchos estudiantes la buscan luego para que sea su profesora asesora de prácticas de especialidad.  “Hablo mucho con ellos y me gusta darles una lección ordenada y actualizada.  Todo profesor debe respetar a sus estudiantes”.  Cree que por ser hija de maestros, tiene más facilidad para entenderlos y para dar lo mejor.

Proyectos de investigación

Dora Flores es una reconocida investigadora, cuyos proyectos suelen tener alto impacto y con quien sus colegas del TEC y de otras universidades públicas, siempre quieren trabajar.  Uno de los secretos de ello es que nunca inicia un proyecto de investigación si no tiene previamente identificado un grupo meta con una necesidad específica.  Y así lo ha hecho en sus proyectos de papa, mora e higo, junto al resto de investigadores.

Dora ha dedicado muchos años a trabajar con productores de papa de la zona norte de Cartago.  Hace 14 años, cuando inició esta labor, fue muy complicado unir al Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) con las múltiples instituciones ligadas al sector, lo que provocaba gran frustración.  Las universidades públicas terminaban un proyecto y se retiraban, lo que impedía la adecuada transferencia de conocimientos.

El proyecto que ella lideró, por el contrario, logró unir a las organizaciones y la tecnología generada para el mejoramiento de la semilla de papa aún se sigue utilizando.  Al inicio, el TEC trabajó en forma individual, pero luego la investigadora tomó conciencia de que no podía satisfacer todas las necesidades de los agricultores si no se aliaba con otras universidades.  Y así, antes de que existieran formalmente los proyectos conjuntos (llamados coloquialmente “proyectos FEES”, porque dependen del financiamiento que proporciona el Fondo Especial de la Educación Superior y reúnen a investigadores de las cuatro universidades públicas), Dora ya había desarrollado tres trabajos bajo esta modalidad, que fueron financiados parcialmente por la Vicerrectoría de Investigación y Extensión (VIE) del TEC, el CONICIT y Fundecooperación.

Otro proyecto grande que coordinó Dora Flores, conjuntamente con investigadores de la Universidad Nacional (UNA) y con Fondos Concursables del Ministerio de Ciencia y Tecnología (MICIT), fue el de mora.  Se trató de un proyecto integral, interdisciplinario, que contemplaba el tema agronómico y biotecnológico, el mercadeo y la gerencia.

Y aquí Dora cuenta otro secreto:  nunca inicia un proyecto conjunto con otras universidades si antes no ha trabajado individualmente, como TEC, en el tema.  Uno o dos años de trabajo previo son muy importantes para asegurarse luego la aprobación con recursos FEES.  Y agrega que valora mucho el apoyo que da la VIE en estos casos, oportunidad que no existe en las otras universidades.

Así, la mora dejó de ser un cultivo silvestre, espontáneo y desorganizado para convertirse en plantaciones organizadas, con manejo agronómico, podas y fertilización.  Hay un grupo pequeño de productores que a partir de una mora de alta calidad produce algo de mermelada y pulpa.  Pero aún no se logra un encadenamiento que permita el éxito de todo el ciclo, ya que los costos de consolidar una planta son muy altos.  Y estas limitaciones se aprecian en el trabajo de campo. 

Para esta académica, al productor no se le puede imponer determinada investigación o forma de desarrollo de un cultivo.  Más bien es al revés:  se le invita al TEC, se le escucha y, conjuntamente, se procede a gestionar los objetivos de un proyecto.  Solo cuando el productor está totalmente identificado, dice la Ing.  Flores, se puede asegurar el éxito de una investigación.

Otra experiencia muy valiosa para ella ha sido el trabajo con higo, que tiene características similares al proyecto de mora.  La idea es contribuir con los productores para que puedan explotar el higo en forma más intensiva, mediante la fabricación de productos finos, tipo “delicatessen”, a fin de diversificar la producción.  Además, se han ampliado sus alcances incorporando la investigación en membrillo y tomate de palo, especies que tienen valor comercial y que necesitan de más estudio para su cultivo y comercialización.

Con base en la experiencia generada en este y otros proyectos, la Ing.  Flores reconoce que muchas veces se benefician más de los aportes universitarios los productores de mayor solvencia económica, ya que pueden asignar personal a los proyectos y así se garantizan que están siempre bien atendidos.  “Romper este círculo es difícil”, dice la investigadora.  Sin embargo, su interés es establecer protocolos para trasladarlos luego a todos los agricultores y ayudarlos en el manejo del cultivo en campo y luego en la elaboración de un producto.  “En eso estriba el trabajo de un académico”, comenta.

Trabajo en equipo

Conforme Dora Flores se ha dedicado más a la coordinación de proyectos, ha encontrado un apoyo importantísimo en su compañera de trabajo, la M.Sc.  Vilma Jiménez, quien se ha convertido en su brazo derecho:  ella está más en tareas de laboratorio, mientras que Dora hace el trabajo de campo y se encarga de lo administrativo.  Además, desde hace 14 años puede contar con el apoyo de dos estudiantes asistentes de medio tiempo, cuyas características consisten en ser muy buenos estudiantes, disciplinados y metódicos, con gusto por el área vegetal, dispuestos a trabajar más de lo que está estipulado, y que participen en los proyectos de investigación.  En estos casos, siempre se reconocen como autores en las publicaciones.

Dora procura escribir al menos un artículo por año, y lo ha hecho en revistas reconocidas, como son Biología Tropical y Manejo Integrado de Plagas.  Sin embargo, también se preocupa de hacer divulgación de sus proyectos dirigida al público meta, por lo que cuenta con folletos y libros donde utiliza un vocabulario intermedio.  Actualmente, y como norma, de todos los proyectos sale un folleto o manual, donde cada investigador aporta lo correspondiente a su área, además del artículo científico.

Al hablar de sí misma, Dora Flores dice que es muy rigurosa, ordenada y metódica; respeta mucho a las personas que trabajan con ella, pero es muy franca y sabe que eso a veces le duele a la gente.  Sin embargo, tiene la cualidad de unir a las personas alrededor de un proyecto y eso genera confianza.

Es por ello que está participando en un nuevo proyecto en mora, en el cual está integrado el Centro de Investigación en Tecnología de Alimentos (CITA), de la Universidad de Costa Rica y cuyo objetivo es estudiar el comportamiento de los antioxidantes de la variedad criolla de mora (mora vino), ya que aparentemente esta variedad tiene una gran cantidad de esos elementos cuya propiedad es eliminar del cuerpo los radicales libres.  Los estudios se realizan con el apoyo de investigadores franceses.

Vida personal

Dora Flores se muestra muy satisfecha con la planificación que ha hecho de su vida.  Se casó a los 32 años, cuando ya tenía su posgrado y ya había disfrutado mucho a nivel personal.  Le gustan las fiestas y participó en muchas de ellas con sus compañeros agrónomos.

Tiene dos hijos, Erick Antonio, de 16 años y Luis Fernando, de 12 y considera que los tuvo en una buena época.  A sus 50 años, los disfruta mucho y asiste a reuniones de escuela y colegio, lo que la mantiene “vigente” en la casa y en el trabajo.

Su esposo Erick -una “buena persona”- es productor de leche y ha sido vital para su desarrollo profesional.  La ha apoyado totalmente y ha estado a su lado acompañándola en las madrugadas, mientras escribe propuestas y presupuestos de investigación.

Entre los pasatiempos preferidos de Dora está tener la casa llena de plantas, que fertiliza, limpia y controla, además de hacer ejercicios, lo que le da estabilidad emocional.  Agrega que es muy femenina:  le gusta cuidarse, “a pesar de ser agrónoma”. 

También goza de la vida en familia con sus hermanos y su madre y destaca que cuenta con el apoyo de una persona que es vital para poder hacer su trabajo:  Juanita, quien ha estado al lado de su familia desde hace 16 años, cuando nació su primer hijo.

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