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Elías Rosales


Elías Rosales

Uno de los mayores logros de Elías Rosales Escalante como investigador, es haber podido romper la estructura mental propia del ingeniero mediante la integración de profesionales de ciencias sociales en los procesos de transferencia de tecnología.

Así lo explica con satisfacción este ingeniero sanitario de origen ateniense, que trabaja en el Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC) desde hace 27 años y se define a sí mismo como una mezcla de investigador y extensionista que hace transferencia de tecnología con base en conocimientos científicos y apertura social: analiza tecnologías generadas externamente, las modifica, disminuye sus costos y las reproduce en Costa Rica y otros países de acuerdo con las características de cada comunidad.

Y agrega: “La transferencia de tecnología se hace a personas que son diferentes entre sí, a las cuales hay que conocer y entender en forma individual. Para hacer transferencia de tecnología no hay recetas; hay que conocer muy bien el por qué y el para qué de la tecnología y el lugar en que se aplicará. Yo no hablo de tecnología apropiada sino de tecnología apropiable, aquella que la gente puede hacer suya mediante el desarrollo de un sentido de pertenencia. Esto es lo que le da trascendencia al trabajo académico en las comunidades”.

Destino: el TEC
Elías Rosales está ligado al TEC desde que, como estudiante del Liceo de Atenas, participó en las luchas por la creación de la institución. Solamente que él la quería en Alajuela. Luego, en 1973, se enteró de que el TEC, para entonces ya en Cartago, ofrecía becas financiadas por el Gobierno Alemán a estudiantes que hubieran sacado un buen promedio en el examen de admisión. Él, que había logrado el primer lugar, fue escogido junto con otros compañeros, para estudiar en el Instituto Tecnológico de Monterrey, en México, con el objetivo de que regresaran a formar parte del grupo de profesores del TEC. En enero de 1979, ya como ingeniero civil, empezó a dar clases. Fue director de la Escuela de Ingeniería en Construcción entre 1981 y 1982 y también director del Centro Experimental de la Construcción (entre el 80 y el 82 y posteriormente del 84 al 85). En 1983 viajó al Instituto Internacional para la Ingeniería Hidráulica y Ambiental, en Delft, Holanda, donde sacó la maestría en ingeniería sanitaria. Años después sería también representante docente ante el Consejo Institucional y presidente del directorio de la Asamblea Institucional Representativa (AIR).

Proyectos impulsores
Elías Rosales cuenta que hubo dos proyectos determinantes para su desarrollo como investigador-extensionista: el proyecto de hornos de cal, financiado por la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID), a través de un organismo llamado Appropriate Technology International (ATI); y el proyecto de bombas manuales para la extracción de agua.

En el proyecto de hornos de cal se involucró de forma natural pues ya había trabajado en un proyecto de la Vicerrectoría de Investigación y Extensión (VIE) -financiado por el CONICIT- sobre nuevas mezclas para construcción utilizando cal.

El proyecto de hornos de cal, en el que trabajó con los investigadores Francisco Pacheco y Juan Tuk, cumplió con todos sus objetivos pero no incluyó una adecuada transferencia de tecnología, lo que hizo al Ing. Rosales interesarse más en este campo. Sin embargo, sí le permitió trabajar en equipos multidisciplinarios, resolver aspectos muy técnicos y conocer la experiencia en el uso de la cal en los otros países de Centroamérica. Reconoce que este fue un excelente laboratorio que le permitió aprender de los errores, le proveyó de contactos internacionales y le sirvió para el futuro. También aprendió algo muy importante para la difusión de tecnologías: se involucró en el registro de experiencias, que se plasmaron en vídeo y otros medios y que luego fueron divulgadas en distintos países.

Como anécdota, señala que el proyecto de hornos de cal fue el primer proyecto de investigación que se manejó administrativamente vía FundaTEC (de hecho, tiene el número 1) y que con recursos del proyecto se compró el primer fax que hubo en el TEC. Para la Fundación, dice, también fue una importante experiencia.

El segundo proyecto significativo para Elías Rosales fue el de bombas manuales para suministro de agua. Como ingeniero experto en agua y por la experiencia que había generado trabajando con la Municipalidad de Cartago, fue llamado por el Ministerio de Salud y por una organización no gubernamental costarricense para coordinar el proyecto. Se trataba de la segunda fase de un estudio macro que se estaba desarrollando en Asia y África, mediante la cual se buscaba adaptar un principio hidráulico a materiales y procesos locales, que abaratara e hiciera más segura la tecnología.

Así, Rosales comenzó a probar las bombas manuales desarrolladas en la Universidad de Malasia y seleccionadas durante la primera fase, en distintas comunidades de Costa Rica; esto le permitió relacionarse con tres comunidades del cantón de Sarapiquí: La Chaves, Ticari y El Palmar. Allí permaneció durante varios años probando y mejorando la tecnología en conjunto con las familias usuarias y desarrollando una investigación activa, sobre la marcha. Este fue el proyecto número 35 inscrito en la FundaTEC.

Pero además, experimentó lo que es trabajar en redes temáticas con investigadores de las universidades de Malasia, Nacional de Singapur y de la India y con organizaciones privadas de Kenya, Etiopía, Mali y Tailandia. En esos años viajó mucho a esos países. También tuvo experiencias de trabajo intersectorial con ingenieros, profesionales de las ciencias sociales y cineastas, ya que la divulgación y la comunicación con las comunidades fueron clave en este proyecto. En este punto, Elías insiste en la amplitud de criterio que debe tener el ingeniero para relacionarse con otro tipo de profesionales y, además, aprender de ellos.

Rosales cuenta con orgullo que en el año 2005 aún estaban funcionando dos bombas instaladas desde 1988; las otras habían sido eliminadas porque se construyó el acueducto o llegó la electricidad y ya no hubo necesidad de usarlas.

Este profesional ha brindado asesorías en países como Cuba, Chile, India y todos los países de Centroamérica. También ha escrito numerosos artículos para conferencias en las que ha participado, ha trabajado con ingenieros de Canadá y Australia y ha atendido a estudiantes canadienses y del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Con frecuencia recibe consultas vía Internet sobre los trabajos que ha desarrollado.

Importancia de la familia
Para este ateniense que por accidente nació en Cartago, cuando su madre vino a visitar a la Virgen de los Ángeles, la familia ha sido un importante apoyo para él. Su padre era maestro de escuela y maestro de capilla en Atenas. De “raíces sencillas”, tanto por el lado de su madre como de su padre hubo empleados municipales en Santa Cruz de Guanacaste y en San José.

Rosales considera que el haber crecido en Atenas, donde había un buen trato para todos los miembros de la comunidad y donde “las viejitas de los barrios que le dieron cariño” aún lo reconocen, fueron factores clave en la facilidad que tiene para relacionarse con la gente. Además, fue presidente estudiantil en varias ocasiones, miembro de la Cruz Roja, del Movimiento Nacional de Juventudes, de los Scouts y de los Bomberos. Asimismo, participó en varios concursos colegiales a nivel nacional.

Por otra parte, pertenece a una familia de nueve hermanos en la cual los padres debían planificar las tareas para sacar adelante a todos. Eso obliga, dice Rosales, a vivir ante retos y a salir adelante, “allí la timidez no tiene cabida porque impide crecer”.

Conocido entre sus compañeros y amigos como una persona muy crítica –a veces demasiado- siendo estudiante lideró la primera huelga que hubo en el Liceo de Atenas por un diferendo sobre el lugar donde se construiría el nuevo edificio del colegio. Ganó la tesis que sostenían los estudiantes. Hoy dice que se mantiene en el TEC porque “él mismo se da palmaditas en la espalda”, y que lo que lo ha motivado más es el desarrollo de proyectos “contra viento y marea”.

Entre sus aficiones favoritas está la convivencia en familia. Este investigador de 51 años se casó en 1979 con Ana María López, una ingeniera electrónica y de comunicaciones mexicana, a quien conoció cuando estudiaba en al TEC de Monterrey. Tuvieron siete hijos, dos de ellos ya egresados del Instituto Tecnológico de Costa Rica, otro estudiante de la misma institución, uno que estudia en México, uno que está en un programa de intercambio y dos que aún están en la secundaria.

Afirma que su familia ha sido fundamental en su desarrollo profesional y laboral, le ha tolerado el exceso de trabajo y lo respalda porque desarrolla sus proyectos en comunidades que lo necesitan.

También disfruta de un terreno que tiene en Cartago, un sitio para el esparcimiento donde han ido sembrando árboles; hoy, dice, el terreno se ha recuperado y está lleno de aves.

Y lo que más lo anima es ver que su trabajo tiene sentido. Una vez, de visita en un organismo de desarrollo canadiense, se encontró en una pizarra un afiche escrito en una lengua hindú, en el que se instruía a los pobladores sobre la mejor forma de purificar el agua. ¡Con sorpresa reconoció que ese era el resultado de una capacitación que él había dado años antes en la India!

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