Costa Rica debutó en la Olimpiada Internacional de Informática 2026, en Tashkent, Uzbekistán, con una delegación de cuatro estudiantes formados en la Olimpiada Costarricense de Informática, impulsada desde el Centro Académico de Alajuela del TEC. Dos de ellos, Fabricio Arce Rojas e Ignacio Alberto Carmiol Jiménez, comparten cómo llegaron hasta esta cita histórica, mientras el profesor Eddy Ramírez explica el proceso que hizo posible este hito para el país.
De izquierda a derecha, Fabricio Arce Rojas, Dylan Joel Laguna Arias, Ignacio Alberto Carmiol Jiménez y André Jiménez Barrenechea, la delegación costarricense, que se encuentra en Tashkent, Uzbekistán, participando en la Olimpiada Internacional de Informática 2026.
Por primera vez, una delegación costarricense participa en la International Olympiad in Informatics (IOI), la competencia de programación competitiva más importante del mundo para estudiantes de secundaria, cita que se desarrolla del 9 al 16 de agosto en Tashkent, Uzbekistán, con la participación de cerca de 386 estudiantes de 97 países.
El proceso que hizo posible este logro nació en el Centro Académico de Alajuela del Tecnológico de Costa Rica (TEC), sede de la Olimpiada Costarricense de Informática (OCI), la competencia nacional que sirvió de filtro para conformar la delegación que representa al país.
Entre los cuatro seleccionados están Fabricio Arce Rojas, estudiante de décimo año del Colegio Científico Costarricense, sede San Carlos del TEC, e Ignacio Alberto Carmiol Jiménez, de 16 años, quienes compartieron su camino hacia esta cita histórica antes de viajar a Uzbekistán junto con sus compañeros de equipo, Dylan Joel Laguna Arias y André Jiménez Barrenechea.
La OCI nació en 2023 gracias al respaldo del Centro Académico de Alajuela y de la carrera de Ingeniería en Computación del TEC. Eddy Ramírez, profesor y encargado de coordinar la olimpiada, explicó que ese primer año el proyecto se financió a través de la Vicerrectoría de Investigación y Extensión (VIE), mientras que en 2024 y 2025 el respaldo provino directamente de la carrera de Computación.
Detrás de ese apoyo institucional hay un objetivo concreto, cumplir con el requisito que exige la organización internacional para poder inscribir un país: contar con una olimpiada nacional de libre acceso para todos los estudiantes de secundaria, con un formato estándar de problemas algorítmicos de entrada y salida, resueltos en lenguaje C++.
“Encontrar talento y cultivar talento desde las etapas más tempranas viene a ser muy importante”, señaló Ramírez, quien destacó que buena parte de los graduados de la OCI han escogido después seguir carreras STEM en el TEC, particularmente en Ingeniería en Electrónica e Ingeniería en Computación.
El camino hasta la delegación internacional
Los caminos de Fabricio e Ignacio hacia la programación competitiva partieron de motivaciones distintas, pero llegaron al mismo punto.
Ignacio empezó a programar a los 9 años con Scratch y siguió aprendiendo por su cuenta con tutoriales de YouTube. El impulso hacia la competencia llegó más tarde, de la mano de una profesora de informática del Instituto Bilingüe Montecarlo, en Aguas Zarcas, quien le habló por primera vez de la Olimpiada.
A Fabricio, en cambio, quien lo impulsó fue su hermano mayo para luego y en sus propias palabras volverse “autodidacta”.
Ambos coincidieron en que llegar a la delegación internacional implica superar varias rondas. Según explicó Ignacio, el proceso arranca con una etapa teórica sobre teoría de grafos, matemáticas y algoritmos, seguida de dos rondas más de resolución de problemas, cada vez más complejos.
Los mejores 15 lugares de la ronda final clasifican para el año siguiente a instancias internacionales, y de ese grupo se define, mediante una prueba adicional, a los cuatro estudiantes que representan al país. Fabricio detalló que, en el esquema actual de la OCI, los primeros 16 lugares clasifican directamente a la Olimpiada Iberoamericana, y de ese grupo se toman las cuatro mejores notas para conformar la delegación a la Olimpiada Internacional.
Sobre las dificultades del entrenamiento, cada uno encontró un reto distinto. Para Ignacio, lo más complicado fue la transición de Python, su lenguaje de aprendizaje, a C++.
“Es un lenguaje mucho más complicado, mucho más rápido, pero también con mucha menos ayuda. La mayoría de las cosas uno las tiene que programar desde cero, y esto hace que sea mucho más complicado”, explicó.
Fabricio, por su parte, señaló que lo más difícil fue encontrar apoyo.
“Cuesta mucho encontrar gente tutora o profesores que le puedan enseñar a uno programación competitiva, y en los colegios normales cuesta mucho que den apoyo a estas olimpiadas”, comentó, recordando incluso un año en que su colegio anterior se negó a inscribirlo.
A eso se suma el reto de compaginar la exigencia académica de sus colegios científicos con la preparación para una prueba de talla mundial. Ignacio reconoció que, en las semanas cargadas de exámenes, encontrar el balance entre estudiar y practicar algoritmos es uno de los mayores retos, aunque por ahora prioriza el colegio de cara a sus exámenes de admisión. Fabricio, en tanto, contó que además de la OCI participa en otras olimpiadas dentro de su colegio, lo que le exige repartir su tiempo entre varias materias y competencias a la vez.
Lo que viven en Uzbekistán
Más allá del resultado, ambos coincidieron en que la experiencia de compartir con estudiantes de todo el mundo es uno de los mayores aprendizajes del viaje.
“Estoy muy emocionado por conocer a programadores de otras partes del mundo, porque voy a interactuar con gente que tiene gustos parecidos a los míos”, dijo Ignacio, quien también expresó su gratitud hacia su familia, sus profesores y los organizadores de la OCI por hacer posible este logro.
Fabricio compartió una expectativa similar. “Muy importante es la gente que uno puede llegar a conocer, los contactos. En esas competencias se puede llegar a conocer gente muy inteligente que lo puede apoyar mucho a uno”, afirmó, sin dejar de reconocer que a la emoción se suma cierto nerviosismo por el nivel de la competencia.
Para el profesor Ramírez, la proyección de este tipo de experiencias trasciende el resultado en la tabla de posiciones. El roce internacional que ofrecen olimpiadas como la centroamericana, la iberoamericana y ahora la mundial convierte a los estudiantes participantes en lo que él describe como un núcleo de semillas, jóvenes que regresan al país con una experiencia transformadora para compartir.
Ramírez insistió en que encontrar talento y cultivarlo son dos esfuerzos que el país debe sostener para que sus estudiantes sean reconocidos internacionalmente.
Sobre las posibilidades del equipo tico en Tashkent, el profesor fue franco. Aspira a que la delegación lograse ubicarse en una posición media de la tabla mundial, tomando en cuenta que países como Brasil, Argentina y México acumulan hasta 25 años de participación y procesos nacionales mucho más consolidados.
Recordó, además, que el torneo nació principalmente en Europa del Este y que potencias como Estados Unidos han llegado a apoyar con becas a estudiantes de origen asiático para fortalecer a sus delegaciones.
Para acortar esa brecha, el equipo costarricense recibió clases virtuales los domingos, dirigidas a los estudiantes clasificados de todo el país, con sesiones de C++ y algoritmos, resolución conjunta de problemas y tareas de práctica.
“Es el Everest, la prueba más difícil para estudiantes de colegio del mundo en cuanto a programación”, resumió Ramírez, quien apuntó también la estrecha relación que suele existir entre los medallistas de las olimpiadas de informática y los de matemática a nivel mundial.
El contest como tal, es decir, las dos jornadas de resolución de problemas, concluyó el jueves 13 de agosto a las 3:00 p. m., hora de Uzbekistán, aunque la ceremonia de clausura de la IOI está programada para el 16 de agosto. Con las pruebas ya cerradas, el marcador oficial, que evalúa a cada estudiante de forma individual y no por equipos, ubicaba a Dylan Joel Laguna Arias en la posición 322 con 66 puntos, a Ignacio Alberto Carmiol Jiménez en la 339 con 45,75 puntos, a André Jiménez Barrenechea en la 360 con 14 puntos, y a Fabricio Arce Rojas en la 370 con 1 punto, sobre un total cercano a los 400 competidores de 97 países.
Mientras la delegación 2026 compite en Uzbekistán, la siguiente generación de la OCI ya está en marcha. Según Ramírez, el proceso 2026 registra actualmente cerca de 50 colegios y casi 500 estudiantes inscritos en todo el país, una base que permitirá definir a la delegación que representará a Costa Rica el próximo año en Alemania, sede de la siguiente edición de la Olimpiada Internacional.
Consultados sobre qué le dirían a otros estudiantes de secundaria interesados en seguir este camino, tanto Fabricio como Ignacio coincidieron en la importancia de la constancia y el aprendizaje autodidacta.
“El primer paso es comenzar con la programación regular, porque si uno no tiene las bases bien definidas, empezar con programación competitiva es muy difícil”, recomendó Ignacio, quien invitó a los interesados a iniciar con un lenguaje simple como Python y a desarrollar proyectos propios en lugar de quedarse únicamente en tutoriales.
Fabricio, por su parte, animó a los futuros aspirantes a insistir, tanto ante sus propios profesores para conseguir el respaldo de sus colegios, como en su propio proceso de estudio. “Si se llega a practicar mucho y se tiene esfuerzo, se pueden alcanzar cosas bastante importantes. Muchas veces lo más importante es poder ser autodidacta y aprender por sí mismo para poder avanzar en las olimpiadas”, afirmó.
Con esta primera participación costarricense en la Olimpiada Internacional de Informática, el TEC reafirma su papel en la identificación y el acompañamiento de talento joven en ciencia, tecnología, ingeniería y matemática, un esfuerzo que, según Ramírez, empieza a dar frutos concretos para el país.