Elogio al error

Escuela de Idiomas y Ciencias Sociales

07 de Octubre 2026 . Autor/a: Erick F. Salas Acuña
Opinión

Imagen con fines ilustrativos. 

Tomada de Pixabay.

¿Qué papel desempeña el error en el aprendizaje? Suele decirse que aprendemos más de nuestros errores que de nuestros aciertos; que no debemos tener miedo a equivocarnos. Sin embargo, quienes trabajamos en educación sabemos que una buena parte del planteamiento evaluativo está orientado a detectar el error y penalizarlo. Poco valor, si alguno, merecen tener los desaciertos de nuestros estudiantes. Inclinados sobre el escritorio o frente a la computadora, más pareciera que los docentes solo estamos a la espera de que nuestros estudiantes se equivoquen para señalar, marcar o tachar -ojalá en rojo- el error.

Esta contradicción entre el valor que atribuimos al error y la manera en que lo tratamos en nuestras prácticas educativas merece especial atención ante la llegada de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG). A partir de 2023, año del lanzamiento de ChatGPT, los trabajos de curso de los estudiantes ya no son los mismos. Sus voces y -por qué no- sus desaciertos se esconden cada vez más detrás del resultado impersonal de una máquina. Desde entonces, nunca se me había vuelto tan evidente la necesidad de defender nuestro derecho a equivocarnos como ahora que esta tecnología nos seduce con la promesa de brindarnos “todas” las respuestas “correctas”

Mucho se discute en la actualidad acerca de si la IAG representa una oportunidad o una amenaza para el proceso educativo. Yo aún soy optimista. Reconozco, sin embargo, que cuando se utiliza para ocultar nuestras limitaciones estamos frente a un problema no menos importante. ¿Qué sentido tiene un sistema educativo que oculta sus debilidades bajo el espejismo de IAG? Aclaro, no se trata de condenar el uso de estas herramientas, sino de cuestionar la actitud que justifica su uso por parte de estudiantes para alcanzar una nota favorable sin haber puesto una cuota de esfuerzo en conseguirla y, por ende, sin haberse dado la oportunidad de equivocarse. Después de todo, como señala Daniel Innerarity (2025), “lo que nos distingue como humanos no es el éxito de lo que hacemos sino el empeño con que lo hacemos” (p. 37).

Pongamos un ejemplo: en Costa Rica, el Décimo Informe Estado de la Educación 2025 alerta sobre la crisis educativa que enfrentamos en materia de lectura (y, por ende, de escritura). La comprensión lectora refleja un rendimiento que -paradójicamente- empeora conforme los estudiantes avanzan. Las pruebas muestran que, mientras que en el primer grado solo un 63% alcanza el nivel esperado, en el quinto grado ese porcentaje baja a 57%, y en secundaria apenas una cuarta parte tiene la capacidad de lectura que debería. Esto significa que nuestros estudiantes están arrastrando deficiencias importantes que pueden repercutir seriamente en su aprendizaje, puesto que son habilidades necesarias para acceder al conocimiento en todas las materias.

Sin embargo, frente a esta problemática, y conforme la IAG se hace cada vez más presente en los espacios educativos, la escritura parece convertirse progresivamente en un mero trámite y no en una parte fundamental del proceso de aprendizaje. El estudiantado, cada vez más dispuesto a delegar en esta tecnología la responsabilidad de realizar sus asignaciones escritas, renuncia a la posibilidad de mejorar estas habilidades y, con ello, de desarrollar procesos cognitivos necesarios para la construcción y comunicación del conocimiento. Recordemos: no se trata de estudiantes que ya dominan plenamente la lectura y la escritura y que ahora cuentan con una nueva herramienta para apoyarla, sino de estudiantes que presentan dificultades en estas habilidades y que pueden encontrar en la IAG una forma de evitar precisamente el proceso mediante el cual podrían desarrollarlas.

Por esta razón, si algo debemos temer de la IAG es su gran capacidad para “librarnos” del error humano, lo que en el fondo se traduce en una preocupación por el lugar que les corresponde a las decisiones humanas dentro de un contexto cada vez más automatizado. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a permitir que esta tecnología decida por nosotros? La inteligencia no se reduce únicamente a una cuestión de cálculo -algo en lo que las máquinas ya nos superan- sino también a la posibilidad que tenemos para gestionar la incertidumbre. Mientras que las herramientas de IAG solo pueden aprender “hacia atrás”, a partir del procesamiento de datos preexistentes, la inteligencia humana puede mirar hacia el futuro y ensayar nuevos conocimientos a partir de la comprensión, la reflexión y la intuición que solo es posible gracias a nuestra comprensión del mundo.

Esta posibilidad de imaginar nuevas ideas es la que decidimos dejar de cultivar cuando nos conformamos con la “racionalidad” instrumental de una máquina. Pensar significa también cuestionar, romper con lo existente y, por supuesto, imaginar. El uso de la IAG nos inhibe de esta posibilidad y, al hacerlo, nos impide desarrollar la creatividad necesaria para aportar nuevas ideas, nuestras ideas. Esto porque lo específico e imprescindible del proceso educativo no es la ausencia del error, sino su presencia, por lo que no basta con buscar las respuestas probablemente correctas, también hay que cuestionar esas respuestas. Y esto exige, necesariamente, estar dispuestos a equivocarnos de vez en cuando.

Invoco aquí las palabras de Jorge Luis Borges en su ensayo “La supersticiosa ética del lector” de su libro “Discusión” (1932): “La página de perfección, la página en la que ninguna palabra puede ser alterada sin daños, es la más precaria de todas”. Borges hablaba sobre el estilo, y sobre el error que cometen algunos de reducirlo a una simple cuestión de cálculo. Para él, la intención del autor está primero, incluso cuando eso signifique “violar” ciertas reglas, digamos, formales, en pro de la experiencia estética. Claro, el autor argentino hablaba de la literatura, pero, guardando las distancias del caso, es en esto en lo que pienso cada vez que reviso un trabajo que ha sido generado con una herramienta de IAG –algo a lo que cada vez me enfrento con mayor frecuencia. La página más perfecta no es aquella libre de errores, sino la que nos recuerda, justo porque es imperfecta, que no somos una máquina.

Errar es de humanos, y aprender de nuestros errores es una cualidad de la inteligencia humana que no debemos tomar a la ligera. Las máquinas pueden brindarnos respuestas correctas o equivocadas, pero no tienen modo de saberlo. Se limitan a resumir y presentar conocimiento existente, mientras que nosotros comprendemos, contextualizamos y decidimos reflexivamente. Por eso, cuando dejamos que la IAG “piense” por nosotros, más que negarnos a aprender, estamos negando nuestra naturaleza humana. Defender aquello que nos diferencia de estas nuevas formas de “inteligencia” es una responsabilidad educativa, y esto exige –desde mi punto de vista- revalorizar el papel que juega el error dentro del proceso de aprendizaje.

Bibliografía
  • Borges J.L. (2026). Ensayos completos. Alfaguara.
  • Innerarity, D. (2025). Una teoría crítica de la inteligencia artificial. Galaxia Gutenberg.
  • Programa Estado de la Nación. (2025). Décimo Estado de la Educación 2025 (Informe Estado de la Educación; 10). San José, Costa Rica: PEN. https://estadonacion.or.cr/informes/